martes, 17 de agosto de 2010

Cómo revolver tripas (sin dar asco) .::Remake::.

Consigue 100 tripas, preferentemente vacunas, y ponlas en remojo.

Lávalas una por una, cuidando de no rasgarlas. Son frágiles en su delgadez pegajosa.

Una vez lavadas, déjalas nuevamente en remojo, junto con medio limón. Más que nada, para hacerles compañía… esto de la soledad no mola en este universo paralelo de las vísceras.

Ten en cuenta que es un trabajo laborioso, nada simple, hay que saber limpiarlas sin romperlas, pero quitando todo rastro de desperdicios en una superficie frágil.

A los dos días, vuélvelas a lavar, una por una, y dales la vuelta. Con cuidado, inflándolas con agua. Un viaje.

Ya tenemos las tripas revueltas. Y limpias, lo cual también es importante si lo que no quieres es pillarte un cólera alarmante y pegotón al WC. O, a falta de inodoro, sometiendo al campo mismo la brava descarga. En fin, que es la manera más higiénica de hacerlo, darle la vuelta y lavarlas, son las auténticas, las trabajosas, las útiles, las mejores, las que había, las tripas elásticas con las que atamos un rato pasándolo bien, mientras echábamos una mirada al saber hacer propio de antaño. Reconociendo un tiempo o un ámbito donde ponerse a hacer chorizos era una de las mejores maneras de hacer conservas. ¿Quién inventó esa tradición? Seguramente lejos queda ese tiempo y sus gentes, el tema es no desviarte de la vieja historia que hay para contar, mejor vamos por partes…

¿Y ahora, qué hacemos con ellas?

Ruega a algún cerdo voluntario que te ceda amablemente sus carnes. Las hay de diferentes calidades. Lo que sí es seguro, es que como esto es para tu consumo personal, intentarás que tenga la menor cantidad de grasa posible. Esto no significa que los chorizos puedan prescindir del todo del uso de la grasa. El equilibrio es necesario, aunque cuando lo experimentas te das cuenta que no tienes ni puñetera idea de lo que comes cuando compras en el súper este tipo de productos…Teniendo en cuenta que la calidad de la carne industrializada equivale a su relación de carne propiamente dicha y grasa, lo que influye directamente a que un producto sea más o menos sano.

Por eso, corta la carne, sepárala de la grasa, o dejando la menor cantidad que puedas (la carne también conserva en sus entrañas un porcentaje de grasa que notarás posteriormente).

Trocea al “amigo” en daditos, y tritúralos. Así de simple. Y es cuando lo trituras que te das cuenta del contenido graso.

Mezcla la carne triturada con pimentón y sal. O más condimentos, esto es como el arte de la salsa, una comida que requiere encontrar sabores a partir del uso de diversos condimentos, y el infaltable consejo de algún amigo que sepa mejor de qué va el tema, sobre todo en cuanto a proporciones. O bien puedes echar mano de tu propia imaginación e ir probando… haciendo experiencias. Es muy importante que veas que del mazacote de masa picada puedes sacar una porción para experimentar teniendo un fogón y una sartén cerca. Antes que nada, deberás conseguirte una balanza para pesar el total. Saca una cantidad que te permita medir los condimentos que favorecen al preparado. Es la manera más divertida e imaginativa que he podido encontrar en la búsqueda de un mejor sabor, o de los anhelados sabores nuevos. Piensa que las cantidades de condimento que midas serán las que deberás incorporar en la carne para cumplir el paso siguiente.

Amasa la mezcla con sensuales y enérgicos movimientos. Siéntela, vive la descarga que transmites al apretar las manos contra mazacotes de carne, que se esfuman entre tus dedos a medida que la presión de los puños aumenta.

Enreda a algún amigo ex campesino para que te preste una jeringa embutidora. Para los profanos en la materia, aclararemos que se trata de una máquina (eléctrica o con manivela), que consta de un cilindro (por donde se introduce la carne) y un émbolo que se desplaza por su interior, culminado con una boquilla más fina (por donde sale la carne prensada).

Coloca una tripa revuelta en la boquilla de la jeringa embutidora. En este punto es muy importante recordar las clases de educación sexual, en que se realiza una demostración de la colocación del preservativo. Si ya te has iniciado en la práctica sexual, olvida el paso anterior y recuerda tus propias experiencias, con cuidado de no entusiasmarte demasiado, pues podrías alterar la duración de la tarea.

Gira la manivela o pulsa “on” (según la antigüedad de la máquina de tu amigo). La carne del voluntarioso cerdo irá rellenando la tripa, formando lo que comúnmente conocemos como chorizo. Al llegar al extremo de la tripa, para la manivela o pulsa stop (de no hacerlo, corres el riesgo de perecer sepultado bajo una masa de carne).

Ata los extremos de la tripa rellena con un cordel. Parece fácil, pero enseguida te darás cuenta de que la tarea requiere cierto grado de concentración, y una buena dosis de habilidad manual.

Repite el proceso con las 99 tripas restantes. Cuélgalas finalmente por un extremo en una barra o gancho. Es preferible que un equipo técnico realice, previo estudio, la instalación de las barras/ganchos. La tarea de diseño, colocación y colgado del producto final deberá ser realizada por un equipo de expertos ingenieros.

Llegados a este punto, es muy importante detener la actividad y retirarse a descansar, preferentemente una noche entera.

Despiértate al día siguiente con hambre. Descuelga un par de chorizos, y cocínalos al gusto.

Enciende el equipo. Pon una buena música (¡dale al play en el vídeo de abajo, y no olvides subir el volumen!) y…

BON APPÉTIT!!






Video: Paris Combo - Living Room.
Texto: MIA - Capitán Piluso.