no es mas que el agua
que sale cuando
se pincha el alma.
Esta minipoesía es uno de los escritos interesantes que se pueden encontrar en el blog Coretamina. Como siempre, a estos sitios se llega por casualidad, vas dando vueltas, tratando de encontrar la inspiración, algo novedoso, y zas! te atrapa cual mosca en tela araña.
Pero mejor comencemos por el principio. Esta mañana dando vueltas, pensando en qué publicar, volvió Cortazar a mi mente, más que nada porque estaba buscando una fotografía suya para ilustrar el post de hoy. Gracias a ello, llegué al blog del cuál les acabo de contar, y a partir de aquí se desarrolla lo que viene a continuación.
La idea de hoy era buscar una entrada que conjugara un poco de todo, un cuento, un vídeo, alguna lista de reproducción nueva, todo junto en un post y, dado que el fin de semana está a horas de caer y no tendré tiempo para poder ir buscando cositas, decidí comenzar a ilustar; pero claro, es complicado encontrar un hilo conductor que te permita enlazarlo todo, cuando hay informaciones tan disímiles. De antemano les digo, que no será un problema...
No es ninguna novedad que Julio Cortazar tiene la capacidad de atraparme que muy pocos escritores tienen. Su archiconocida destreza para tomar al lector como un ente activo entendiendo a la lectura como una actitud de ida y vuelta, realzando la concepción lúdica de la misma, enmarcando paisajes de la vida cotidiana con una cadencia que en mi mente se asemeja mucho al humo del cigarro que se va perdiendo en el aire, vivido, aunque con esa pizca de nostalgia que pende de aquello que un día fue sol y ahora va menguando en la luz del ocaso.
Hace días que descubrí este cuento corto que reafirma esta idea que les explico, se podrían ver más ejemplos, aunque éste resume toda la cuota de genialidad de la que les hablo.
“Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos.
Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte.
Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores.
A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.”
Julio Cortazar - Final de Juego - Alfaguara.
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