miércoles, 12 de enero de 2011

Oh!pera



Los trapos, lavados y tendidos, siguen sucios. Una nube de bilis cabalga las azoteas. Y mientras, el aire, vago, huraño y cobarde, no se decide a acercarse.

“Menudo panorama” piensa R., apartando la vista de la ventana. “Hoy sería mejor no salir de casa”.

Pero no puede: hace meses que compró entradas para la Ópera, para esta misma noche. Es el estreno de Aída, y no se lo va a perder por muy desalentadora que se presente la jornada.

R. coge el sobre que hay sobre la mesilla, y saca las entradas. Repasa la fecha, la hora, la ubicación…tal y como ha repetido tantas veces en los últimos días. “Dos entradas de platea, fila 6”. Un relámpago le atraviesa el ombligo, cuando recuerda que la butaca contigua a la suya quedará vacía.

Vacía como quedó tu almohada, como la despensa de mis ilusiones, como el libro que escribimos…

R. se frota los párpados y se pone en pie, impulsado por algún resorte del subconsciente.

“Vamos allá…Menfis y Tebas me esperan” le dice al espejo, atusándose el pelo. Se pone el abrigo, coge las llaves y sale, cerrando enérgicamente la puerta tras de sí.

En la calle, el aire permanece hostil, se respira desazón en cada esquina. Y la humedad no ayuda, soslayando si cabe aún más la toxicidad del ambiente.

R. decide ir andando hasta el teatro, por el camino del parque. “Me vendrá bien para desentumecer las piernas…y la mente”.

Y los sueños que fueron se esconden en las ramas. Y los sueños que vendrán se asoman entre el follaje.

R. camina con decisión, mientras su cabeza entra en el templo de Isis y rememora el color del Nilo. “El caso es que yo también sería capaz de dar mi vida por amor, no me parece nada estúpido” murmura para sí, con los ojos entornados. Absorto en su versión particular de la ópera, no advierte a la bicicleta que se acerca por su izquierda.

El hielo me lame las manos, avivando las chispas que danzan en mis mejillas.

R. abre los ojos. Una mujer, todavía con el casco puesto, le acaricia la frente “¿Estás bien?” pregunta.

“Sí, sí, gracias…tendría que haber mirado”

“¿Te duele algo? ¿Puedes andar?”

“No, gracias, de verdad, estoy bien. Por cierto, ¿cómo te llamas?”

“Aída”.

R. sonríe

¿Por qué no?

“Aída, ¿tienes algo que hacer en las próximas cuatro horas?”


[Suena la Marcha triunfal]