Déjennos vivir, suficiente ya... un poder gastado, tanta oscuridad... es el primer clamor de una canción destinada a llamar la atención de todos aquéllos que ponen palos en las ruedas de la libertad que imprime el arte y la música en una sociedad, podría aplicarse perfectamente a cualquier oficio o profesión, o incluso trascender las fronteras y recaer en cualquier situación de agobio generalizado.
Pero no solamente se queda allí, sino que realza su ímpetu con un mensaje esperanzador, en el hecho de cómo poniendo ganas y toda la fuerza se puede realizar hasta lo, a priori, más complicado.
No creo que esta premisa sea una fantasía y por eso me identifico con lo que cuenta, y desde los lugares en que lo hace. La Plaza de Mayo, sitio de una mística superlativa, que identifica un pueblo, en este caso el argentino, con un cielo y un infierno, muchas veces difuso, en donde la trampa, la lucha, la esperanza, la reconciliación y las traiciones suelen verse como un eterno devenir histórico.
Lo más llamativo es cuando se toma como escenario la Plaza Roque Saenz Peña del barrio porteño de La Paternal, que alberga el monumento a Pappo, ícono de un rock local que tuvo que remar mucho y contra muchos para que hoy las cosas sean un poquito más fáciles y normales, y no una iniciativa de unos hippies fascinerosos y mugrientos que buscaban la destrucción de la identidad nacional, algo de lo que muchas veces se acusó al movimiento que nació allá lejos, a mediados de los 60.
David Lebón participó y fue artífice de las principales formaciones del rock nacional, como lo llamamos en el país del sur. Déjennos vivir, el canto que emerge de un anhelo de libertad y armonía al cual, cualquier ser humano debería aspirar, hasta el momento, sobre papeles cada vez más amarillos.
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