
Cómo escribir en esta realidad multidimensional, ya no es posible encontrar muestras de respeto entre las personas, piensa Pedro, mientras el arriba, el abajo y los costados parecen no estar claros. Quizás sea porque mis ideas del mundo sean bastante inocentes, ensaya su mente como respuesta, ya que siempre espero una reacción calma en los demás, desprovista de cualquiera de las formas que la mala intensión pueda tener.
Ficciones o fricciones aparte, con la cabeza en la almohada y con la cara mirando al techo, repasa sucesivas imágenes de acontecimientos inverosímiles, balbucea algún nombre al oído del aire y continúa en un silencio casi sepulcral, con los ojos vueltos hacia adentro.
Aquella noche, sonante a más no poder, indescifrable a esta altura de la mañana, me devuelve, primero con el despertador y después con la imagen que se recorta en el espejo, un claro diagnóstico de necesitar aún más reposo.
Ello resulta imposible, bien saben que la necesidad de huir requiere sus esfuerzos para no quedar para siempre encerrado. La ventana abierta, ha permitido que los gatos del vecino deambulen por el cuarto, mientras que el ronroneo de uno de ellos entre sus piernas, logra sacarlo de la abulia; de la cual sale definitivamente al notar que hasta un murciélago se ha logrado colar y posar en un rincón oscuro.
Jaime Rodríguez Pena es el nombre que figura en su documento, tendido encima de la cama, mientras termina de meter las pocas cosas que necesita en su bolso. El coche está fuera, esperando con el tanque de gasolina lleno para emprender la huída. Sus recuerdos son borrosos, pero hay caras, gestos, impresiones que no dejan de cruzarse en su mente.
El radio despertador, insistente por enésima vez, reproduce una frecuencia en la que se escucha un viejo blues de John Lee Hooker, con su voz cargada de truenos llena la habitación de ritmos con una antigua versión de Boom Boom Boom. Jaime no se distrae, recién salido de la ducha, hace ejercicios tendido en el suelo a un borde de la cama. Mientras mira el techo piensa en la ruta que deberá seguir, solo que esta vez todo está impregnado por la ausencia de Renata.
Apronta la tasa de café, hecha un ojo al periódico, y su nombre no aparece por ninguna parte, este es un dato que no le hace gracia. Él ha desaparecido de su vida y nadie ha notado nada, piensa para sí, aunque sabe que esto no es del todo cierto, puesto que es probable que su búsqueda se realice sin la necesidad de que la población coopere en la empresa, lo cual revelaría un aspecto clandestino en su viaje, disparando la adrenalina en su cuerpo.
Los pensamientos van a mil Km. por hora, tan de prisa que, al momento en que introduce la llave en el coche, el motor ruge como nunca, parece un caballo voráz que ha estado esperando en silencio ponerse en carrera tras semanas de entrenamiento.
Ya en la carretera, los cactus de las montañas parecen dibujarse como centinelas de la tierra, ejércitos enteros, congelados a la espera de algo o de alguien. Es primavera y sus flores adornan con puntos violetas todo aquél paisaje que, es preciso decir, transporta muy fácilmente el pensamiento.
En eso, un ave se cruza a la altura del parabrisas, golpea fuertemente en él, logra romperlo y esto hace que el coche pierda el control y se salga del camino, tras toparse uno de los neumáticos con una piedra, se revienta y el coche va directo hacia un precipicio donde se desliza hasta el final.
El fuego arremete en la parte trasera, mientras Jaime intenta incorporarse tras el mazazo. Un poco mareado, logra situarse y pasa la mano por su cabeza, donde nota varios cortes en el cuero cabelludo. Su vista intenta enfocar algo, pero solo hay una nube de polvo y humo alrededor, lo que le impide visualizar dónde está. Los sonidos son monopolizados por el fuego, de tal forma que cuando nota esto, sale inmediatamente del coche, tropieza y cae hacia el fin del barranco donde un río seco surca lentamente la montaña.
Tendido en un médano de arenisca, con parte de su cuerpo metido en el agua deja caer la guardia, mientras el tanque de combustible a pleno explota por los aires al haber sido alcanzado por las llamas, recordando escenas repetidas en películas de la infancia. Jaime ya no presencia este momento, aunque lo haga, no recordará que por segundos ha salvado su vida, gracias a que el coche quedó atrapado entre unos árboles de camino al fondo del abismo, lo que permitió que al salir la ley de la gravedad le salvara la vida al caer hasta el fondo del valle. Dos valquirias, sin embargo, un poco perdidas entre tanto despliegue fílmico, sobrevuelan su cuerpo, pero al ver que no es la hora marcada por Odín, pasan de largo rumbo a otras batallas, dejando que las fuerzas de este caído le permitan reponerse, aunque no de momento…
Inconsciente, sus heridas no son de mucha consideración, pero un shock semejante descoloca a cualquier persona.
Un gato ronroneante lo sorprende lamiendo su mejilla, una vez más la ventana quedó abierta, la noche que pasó dejó tras de sí mucha resaca, aunque Pedro, o Jaime, o Nahuél, cualquiera de sus nombres, seguirá tendido al borde de aquella carretera hasta que otra noche su mente lo conduzca a una sala de curaciones o a cualquier cajonera de su psiquis.
Texto: Capitán Piluso .::2007::.
Foto: Museo Dalí ::: Grabado
1 comentario:
me ha gustado mucho el texto, es rico en imágenes, aunque se puede pulir más. El blog está muy bien. MC
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